jueves 10 de julio de 2008

Operario de Limpieza

Octubre del 99. Fue mi primer trabajo formal y lo recuerdo con emoción: Operario De Limpieza en una sala de juegos.



18 años y un poco más. Igual de flaco que hoy en día, sólo que mis mejillas aun conservaban la sana costumbre de ruborizarse por cualquier cojudez, y mis ojos aun eran tiernos como los de un pollo. Por primera vez firmaba un contrato. Me sentía un adulto completo. Luego viene el tipo de la afp a meterme cosas en la cabeza. Allí estamos los dos. Prometiendo cosas él, insistiendo en la palabra FUTURO. Me creí el cuento. E hice lo que, según muchos entendidos, me va costar caro: firmé una hojita en la que aceptaba afiliarme a una afp.


Operario de limpieza dije, no? Una labor sencilla. Que se hizo difícil sólo por la circunstancia obvia de mi total falta de experiencia. Desconocía cosas. Yo, aparte de leer encerrado en mi cuarto todo el santo día, de oír música sólo para darle un respiro a mi vista, no había tenido otro tipo de responsabilidades. Allí estaba yo, recibiendo órdenes, que ya no venían de mis familiares cercanos, sino de seres que me eran tan ajenos como lo puede ser el huevo al ceviche. Allí la rabia sincera que nos inspiran las cosas que no comprendemos, y que sin embargo tenemos la certeza de que aun comprendiéndolas, no las aceptaríamos.

Se me hizo un bolondrón. Eran tanto para aprender en tan corto tiempo que, me atolondré. Y no me refiero a cosas tan fáciles como barrer una alfombra, limpiar un cenicero, pulir un vidrio. Me refiero a las otras, algunas de las cuales hasta el día de hoy no logro digerir, y que mencionaré mas adelante.

Decía que mi labor fue sencilla.


Lo primero que se me ordenó fue limpiar todos los ceniceros de la sala. Y eran un montón. Tantos como máquinas tragamonedas había en ese lugar. Alineadas según el tipo de juego, o la denominación de las fichas con que se jugaban (0.10 ctvs., 0.05 ctvs.. etc.), cada máquina estaba colocada sobre una especie de cajón de madera, dentro de los cuales había una tina que se iba llenando de fichitas en el transcurso del día y que, según supe mas tarde, constituían parte de la ganancia de la sala. Pero bueno, esos detalles no me importaron nunca. Yo estaba hablando es de ceniceros. Los había en cantidad. A ambos lados de las máquinas. Y como en ese lugar se fumaba sin parar, estos se llenaban de colillas rápidamente. Así es que la tarea de mantenerlos limpios exigía constancia. Y, paciencia además. Pues, algunos clientes, concentrados en el juego, veían de mala forma ser interrumpidos so pretexto de limpiar el cenicero que ellos mismos habían llenado de puchos y envolturas de caramelitos. Otros, afortunadamente no tantos, no sólo se molestaban por la interrupción, sino que se oponían a ella, exponiendo para esto argumentos cabalescos mas que racionales: que su cenicero sea limpiado y que el pedazo de alfombra sobre el que estaban sentados sea barrido era una forma de alejar su "suerte" decían ellos. Lo cual a un operario de limpieza nuevecito como yo, ponía en apuros pues, casi siempre estos jugadores cabalísticos e impacientes, eran los mas... hummmmm, lo digo no lo digo.... Lo digo: cochinos. Y era justamente el lugar donde ellos estaban jugando el que a mí me tocaba (y se me exigía) limpiar. Majaderías habré recibido. Miradas furibundas, muchas. Pero el tiempo pasó, y aprendí cosas. Como por ejemplo, conocerlos a todos y cada uno y comprender que todos eran diferentes. Que algunos, detrás del cigarro que les colgaba de la boca y el ceño fruncido, sólo querían ser saludados con una sonrisa, que otros, eran solitarios que iban allí sólo para distraerse y no pensar en el asunto, así como algunos iban solo porque tenían tanta plata que no sabían cómo gastarla, también había otros que iban y se quedaban allí todo el día porque ese lugar era como su casa. Aprendí que el hecho de ser saludado y reconocido por su nombre constituía para algunos un motivo de felicidad. Y aprendí además, y como colofón a este párrafo, que si ejecutaba a la perfección cada cosa que iba aprendiendo, me caerían sin falta mínimo mis dos luquitas de propina... por cliente conquistado.

Otra tarea era la de barrer y aspirar la alfombra. Toda la sala estaba alfombrada. Para eso, el grupo de limpieza que éramos 5 o 6, entre mujeres y hombres, nos turnábamos por horas. Osea que cuando me tocaba a mi, yo era responsable de mantener limpia la sala durante las dos horas que me correspondía. Uno de los motivos por los que algunos, se ofrecían a hacerse cargo de esta labor aunque no les tocara, era que muchas veces mientras barríamos encontrábamos fichitas que al finalizar el turno mandábamos cambiar con las azafatas que mas confianza nos inspiraban, y así sacábamos para el pasaje, aunque sea. Un día, un supervisor se dio cuenta del asunto. Nos llamó la atención. Cada fichita encontrada debía ser inmediatamente devuelta a algún agente de seguridad interna o en todo caso al supervisor. Así es que en adelante, los de limpieza tuvimos pues que ser mas cuidadosos y... solapados.


Eso sí, estar encargado del aseo del baño era un calvario. No por prejuicio digo eso, o por tener algún tipo de complejo. Sino por el hecho de que el infortunado que le tocara hacerse cargo, debía permanecer encerrado las 10 horas que duraba el turno, macerándose allí en medio de los olores ingratos. En el baño de hombres (el de mujeres también lo conocí, no puedo decir en que circunstancias, además no viene al caso, eso podría afectar notablemente los fines de este largo currículo cronificado), había tres urinarios, tres inodoros y tres lavabos. El deber del operario allí era mantener brillando los espejos sobre los que casi nunca dejaba de salpicar el agua de los caños. Los lavabos debían oler bien. Y las tazas de los inodoros debían oler mejor y no atorarse, cosa que ocurre hasta en las mejores familias, para qué se me van a poner colorados. Es que la mierda es igual en todos los estratos sociales. Y cagar no tiene grado de sofisticación en ninguna parte, al menos entre los hombres. Uno estaba allí, mirándose en el espejo que acababas de pulir por enésima vez, y de pronto llegaba un señor urgenciado por cierta necesidad que se metía en uno de los cubículos y cerraba dando un portazo. El sujeto en mención se tira los pedos mas sonoros que hallas oído en tu vida y sólo en ese momento se te ocurre preguntarte:¿para esto fuiste primer puesto en la secundaria, flaquito? El tipo sale y te saluda como si nada estuviera pasando, como si ese olor fuera algo sucediendo en la china y no algo que le salió por el culo. Casi siempre te dirá ¿y flaco, cómo vamos? Sonreirá consigo mismo. Se lavará las manos, para secárselas extraerá todo el papel higiénico que le sea posible, arrojará las sobras en el tacho (si cae adentro o no ese no es su problema, así es q no hagas hígado, flaco, chamba es chamba), y entonces sacará mas papel, lo doblara cuidadosamente y se lo meterá en el bolsillo, todo esto delante tuyo, ¿vas a decir algo acaso?, el hombre va perdiendo un chuchonal de plata en una de esas maquinas rateras, lo menos con que puede ser recompensada su fe temeraria es con un pedazo de papel higiénico, no? Cuando eres nuevo cometes a veces la candidez de intentar responder a su pregunta ¿y flaco, cómo vamos?. Ya cuando te das cuenta de que casi siempre te dejaran con la palabra en la boca, pues así como llegan se van, te limitas a sonreír nada mas, a desearles buena suerte. Si te liga y ese hombre revienta la máquina, es muy probable que cuando le paguen el premio tenga ganas de cagar de nuevo y cuando te vea en el baño se acuerde de ti y tus palabras de aliento y te afloje unos soles. Así que no esta de mas. Tápate la nariz, flaco, bloquea tu olfato, insensibiliza tus fosas nasales, clausura tus oídos y dilo : buena suerte don. Ni siquiera es necesario que lo digas con emoción, que seas sincero. Sólo dilo. Ellos están jugándose en efectivo, lo que tu te estas jugando en un poquito de hipocrecía. Un poquito nada mas.

Un caso que me viene a la memoria es el de un hombre, ya mayor, que un día se metió al baño y que no fue nada discreto cuando se le quedó mirando la pinga al cliente que en ese momento miccionaba a su costado. Daniel estaba encargado del baño ese día. Me acuerdo que uno a uno nos pasó la voz: ese tío te da hasta cinco lucas por que le dejes ver la pinga y 10 si te la dejas coger. El tío en mención estaba jugando poker y cada vez que se levantaba para ir al baño era seguido por uno de nosotros. Yo, lo debo confesar, a la hora de la hora me chupe y no dejé que me tocara nada. No por pudor, creo que me dio roche y punto. Pero el hecho es que el tipo me vio, orinando a su costado, y cuando iba saliendo así de pasadita me frotó una oreja con una mano y con la otra puso 5 soles en mi mano desocupada.


esta historia continuarà...






domingo 6 de julio de 2008

el enfardelador






Sacospisco es una empresa dedicada a la elaboración de envases de polietileno, esos que la mayoría de nosotros conocemos como sacos, o “costales”, que en algunos lugares del país también les llaman.


Entré a trabajar aquí el 19 de mayo de este año. A Noemí le faltan pocos meses para dar a luz. Papá me estaba apoyando en lo del alojamiento y la comida, pero lo mas lógico era que me pusiera a trabajar cuanto antes para ahorrar dinero y así poder comprar algunas cositas que me hacían falta.

El primer día fue para mí emocionante. Salía de una experiencia similar en otra fábrica de Lima y eso me daba la sensación de no ser un novato en estas lides. Además de esta circunstancia, fue positivo el hecho de que yo no era el único que ingresaba ese día. Conmigo entraron 11 patas más. Con la mayoría de los cuales he hecho buenas migas. Entonces, tenía por primera vez en mi vida laboral muchas cosas a favor. No debía preocuparme el hecho de que casi la mitad de lo que ganara se iría en pagar un alquiler, mi nuevo trabajo estaba cerca de donde vivía que incluso podía ir y regresar caminando, y no me invadía ese nerviosismo asesino de las otras veces, que me había impedido disfrutar realmente dichas experiencias.

Es una fábrica grande. No inmensa. Pero grande, con un espacio suficiente para acoger a sus mas de 500 trabajadores y las máquinas en las que estos realizan sus labores. En una ala esta el edificio de las oficinas en donde se realiza la parte netamente administrativa y en la otra, la planta en donde se efectúa la producción.

Yo fui contratado como Operador Enfardelador. Osea, la persona que, luego del largo proceso mediante el cual la materia prima es convertida en sacos, se encarga de hacer con éstos paquetes de 1000 o de 500, que son llamados fardos, y que serán luego llevados a un almacén para su posterior entrega y distribución.

Claro que esto, así escrito, parece fácil. No lo es. Esto no quiere decir que sea difícil. Pues tampoco lo es. Es un trabajo pesado eso sí. Pero, nada que el buen animo y un buen estado físico no puedan soportar. Nada del otro mundo…

Para enfardelar se necesita una prensa, dos operarios y uno o dos ayudantes o abastecedores.

En mi primer día realicé labores de ayudante, junto a un zambito que se apellida Sánchez, nuevo igual que yo. Ese día nos hicieron sudar la gota gorda. Afortunadamente nos tocó de “maestro” un señor muy buena persona que se apellida Zavala. Con suma paciencia, este hombre de casi 60 años, nos explicaba paso a paso lo que teníamos que hacer: traer hasta la prensa las carretas con los sacos que ya habían sido controlados, coser los lados de los fardos, pesarlos en la balanza electrónica, no olvidar pegar en el fardo la etiqueta con el código del producto, y una vez hecho este trámite colocar el fardo sobre una parihuela que debíamos conseguir de dónde sea, para que una vez acabado el turno viniera el zambo que manejaba el montacargas y se los llevara.

Las herramientas de un operador enfardelador son: una tijera, guantes, y una aguja gruesa. En caso de no tener guantes, se puede utilizar cinta de embalaje. ¿Cómo? Pues, se envuelve con esta los dedos que el operador crea convenientes, pues, en el caso del que hace los nudos, siempre se lastimará algunos dedos en vista de que la cuerda con la que se trabaja, llamada corda, es filosa y desholleja las manos.


Además, antes de empezar el turno, los enfardeladores deben hacerse de mantas con las que forraran los paquetes o fardos. Aquí tiene mucho que ver ya la experiencia del trabajador. Los zorros viejos sólo tienen que dar una hojeada a los sacos que se están produciendo ese día para saber que medida de manta es la mas conveniente. Las mantas son, para que se pueda entender, como un saco de muchos metros de largo, color blanco sin impresión de ningún tipo envuelto como una bobina. El ancho, como ya he mencionado, será según el criterio del operador. Se van cortando con las tijeras pedazos de una misma medida que luego se abrirán por un lado. Ya está. Queda algo así como una hoja del medio del cuaderno.

Una irá debajo y la otra encima de tal manera que envolverán los sacos que se van a empaquetar. Es mas o menos así. Se coloca la manta, (para esto el abastecedor ya ha puesto al alcance del operador los sacos controlados). El operador empieza a colocar, uno sobre otro, los paquetes de 50 sacos alternando, para su buen acomodo, 50 sacos de boca, 50 sacos de culo, así hasta contar los mil, es decir, 20 paquetes. Una vez hecho esto se cubre con otro pedazo de manta y un saco que tenga impresa la marca que identifica al producto. Estos, usualmente son esos sacos a los que los controladores le han encontrado algún tipo de falla. “De segunda” les dicen. Se pone en marcha la prensa, y así, ejerciendo presión sobre el paquete, se cose en los lados, y se amarra con la corda que es pasada a un lado y otro por medio de un mecanismo que es como un juego: se prende la punta de la madeja en un gancho que es jalado por el operador que está al otro lado de la prensa y este la regresa al otro lado prendiendo la madeja en un gancho que jalará el otro operador. Este ultimo se encarga de amarrar. El mismo procedimiento se repite unas cuatro o cinco veces según el largo del paquete, siguiendo el curso de izquierda a derecha.

Este cronista reconoce que esta labor, una vez tenida la practica y alcanzado un ritmo mas o menos rápido, es sumamente entretenida, casi un deporte.

Pero volvamos.

Hecho el fardo por los operadores, solo falta el toque de los ayudantes que deben coser los costados, por los que podría ingresar algún agente que contamine el producto. O, como mencionó Zavala ese primer día que trabajé con él, podría entrar la lluvia que siempre coge en el camino a los camiones en que estos fardos son llevados a un país vecino.

Esto de coser los costados no debe demorar mas de un minuto. Yo me demoraba cinco. Pero ya no. Luego, lo que se mencionó líneas arriba: el fardo es llevado en un carrito hasta la balanza electrónica. Y una vez pesado, a su respectiva parihuela. Se deben poner los productos según el tipo, código ó número de orden de pedido. Además de tener el cuidado de siempre colocar los fardos de tal manera que las etiquetas con su código y peso respectivo queden a la vista.

Esta es, en síntesis, la rutina de un operador enfardelador. Yo la vengo realizando ya casi dos meses. Al comienzo me dejaba exhausto tanto trajín. Es cierto, es extenuante. Pero el cuerpo se hace a las circunstancias supongo. La mente se pone en contexto y hace que tus sentidos se acoplen. Confieso que hay momentos en que realmente me olvido de mis preocupaciones cuando estoy enfardelando. Es verdad que el trabajo dignifica al hombre. También es verdad que en estos tiempos este dicho puede ser mil veces cuestionado, puesto en tela de juicio. Pero admito que es grato recibir a fin de mes un salario conseguido, literalmente, con el sudor de la frente. De la frente, de las axilas, en fin, si sigo enumerando las partes de mi anatomía que tienen que sudar para que yo ahorre dinero, creo que voy a herir susceptibilidades.

Un saludo al señor Zavala que ya no está trabajando en la fábrica. El hombre se jubiló. Con admiración me pongo a pensar en las veces que no se cansó de mencionar que había trabajado en sacospisco durante 32 años. Para mí esa es una cantidad de años considerable. Era un jovencito, recién salido de la marina, con el corte afro y las patillas hasta por aquí… dijo señalándose un pedazo de mandíbula. El día que se fue era un hombre de casi 60 años, robusto y que tenía rapada la cabeza. Su voz era enérgica. Respeto. Eso es lo que inspiraba. Respeto y confianza. Algo así como un patriarca, no bíblico, sino salido de alguna novela de garcía marquez. Ese día que lo vi, terminando su último turno, se despidió de todos como quien dice hasta luego. No fue dramático ni nada por el estilo. Fue, simplemente, un hombre que fue cumplido con su trabajo hasta el último día, día este que él mismo decidió. Y por eso mis respetos. Me viene a la mente el nombre de una novela que la verdad no he leído: El viejo saurio se retira…