Octubre del 99. Fue mi primer trabajo formal y lo recuerdo con emoción: Operario De Limpieza en una sala de juegos.
18 años y un poco más. Igual de flaco que hoy en día, sólo que mis mejillas aun conservaban la sana costumbre de ruborizarse por cualquier cojudez, y mis ojos aun eran tiernos como los de un pollo. Por primera vez firmaba un contrato. Me sentía un adulto completo. Luego viene el tipo de la afp a meterme cosas en la cabeza. Allí estamos los dos. Prometiendo cosas él, insistiendo en la palabra FUTURO. Me creí el cuento. E hice lo que, según muchos entendidos, me va costar caro: firmé una hojita en la que aceptaba afiliarme a una afp.
Operario de limpieza dije, no? Una labor sencilla. Que se hizo difícil sólo por la circunstancia obvia de mi total falta de experiencia. Desconocía cosas. Yo, aparte de leer encerrado en mi cuarto todo el santo día, de oír música sólo para darle un respiro a mi vista, no había tenido otro tipo de responsabilidades. Allí estaba yo, recibiendo órdenes, que ya no venían de mis familiares cercanos, sino de seres que me eran tan ajenos como lo puede ser el huevo al ceviche. Allí la rabia sincera que nos inspiran las cosas que no comprendemos, y que sin embargo tenemos la certeza de que aun comprendiéndolas, no las aceptaríamos.
Se me hizo un bolondrón. Eran tanto para aprender en tan corto tiempo que, me atolondré. Y no me refiero a cosas tan fáciles como barrer una alfombra, limpiar un cenicero, pulir un vidrio. Me refiero a las otras, algunas de las cuales hasta el día de hoy no logro digerir, y que mencionaré mas adelante.
Decía que mi labor fue sencilla.
Lo primero que se me ordenó fue limpiar todos los ceniceros de la sala. Y eran un montón. Tantos como máquinas tragamonedas había en ese lugar. Alineadas según el tipo de juego, o la denominación de las fichas con que se jugaban (0.10 ctvs., 0.05 ctvs.. etc.), cada máquina estaba colocada sobre una especie de cajón de madera, dentro de los cuales había una tina que se iba llenando de fichitas en el transcurso del día y que, según supe mas tarde, constituían parte de la ganancia de la sala. Pero bueno, esos detalles no me importaron nunca. Yo estaba hablando es de ceniceros. Los había en cantidad. A ambos lados de las máquinas. Y como en ese lugar se fumaba sin parar, estos se llenaban de colillas rápidamente. Así es que la tarea de mantenerlos limpios exigía constancia. Y, paciencia además. Pues, algunos clientes, concentrados en el juego, veían de mala forma ser interrumpidos so pretexto de limpiar el cenicero que ellos mismos habían llenado de puchos y envolturas de caramelitos. Otros, afortunadamente no tantos, no sólo se molestaban por la interrupción, sino que se oponían a ella, exponiendo para esto argumentos cabalescos mas que racionales: que su cenicero sea limpiado y que el pedazo de alfombra sobre el que estaban sentados sea barrido era una forma de alejar su "suerte" decían ellos. Lo cual a un operario de limpieza nuevecito como yo, ponía en apuros pues, casi siempre estos jugadores cabalísticos e impacientes, eran los mas... hummmmm, lo digo no lo digo.... Lo digo: cochinos. Y era justamente el lugar donde ellos estaban jugando el que a mí me tocaba (y se me exigía) limpiar. Majaderías habré recibido. Miradas furibundas, muchas. Pero el tiempo pasó, y aprendí cosas. Como por ejemplo, conocerlos a todos y cada uno y comprender que todos eran diferentes. Que algunos, detrás del cigarro que les colgaba de la boca y el ceño fruncido, sólo querían ser saludados con una sonrisa, que otros, eran solitarios que iban allí sólo para distraerse y no pensar en el asunto, así como algunos iban solo porque tenían tanta plata que no sabían cómo gastarla, también había otros que iban y se quedaban allí todo el día porque ese lugar era como su casa. Aprendí que el hecho de ser saludado y reconocido por su nombre constituía para algunos un motivo de felicidad. Y aprendí además, y como colofón a este párrafo, que si ejecutaba a la perfección cada cosa que iba aprendiendo, me caerían sin falta mínimo mis dos luquitas de propina... por cliente conquistado.
Otra tarea era la de barrer y aspirar la alfombra. Toda la sala estaba alfombrada. Para eso, el grupo de limpieza que éramos 5 o 6, entre mujeres y hombres, nos turnábamos por horas. Osea que cuando me tocaba a mi, yo era responsable de mantener limpia la sala durante las dos horas que me correspondía. Uno de los motivos por los que algunos, se ofrecían a hacerse cargo de esta labor aunque no les tocara, era que muchas veces mientras barríamos encontrábamos fichitas que al finalizar el turno mandábamos cambiar con las azafatas que mas confianza nos inspiraban, y así sacábamos para el pasaje, aunque sea. Un día, un supervisor se dio cuenta del asunto. Nos llamó la atención. Cada fichita encontrada debía ser inmediatamente devuelta a algún agente de seguridad interna o en todo caso al supervisor. Así es que en adelante, los de limpieza tuvimos pues que ser mas cuidadosos y... solapados.
Eso sí, estar encargado del aseo del baño era un calvario. No por prejuicio digo eso, o por tener algún tipo de complejo. Sino por el hecho de que el infortunado que le tocara hacerse cargo, debía permanecer encerrado las 10 horas que duraba el turno, macerándose allí en medio de los olores ingratos. En el baño de hombres (el de mujeres también lo conocí, no puedo decir en que circunstancias, además no viene al caso, eso podría afectar notablemente los fines de este largo currículo cronificado), había tres urinarios, tres inodoros y tres lavabos. El deber del operario allí era mantener brillando los espejos sobre los que casi nunca dejaba de salpicar el agua de los caños. Los lavabos debían oler bien. Y las tazas de los inodoros debían oler mejor y no atorarse, cosa que ocurre hasta en las mejores familias, para qué se me van a poner colorados. Es que la mierda es igual en todos los estratos sociales. Y cagar no tiene grado de sofisticación en ninguna parte, al menos entre los hombres. Uno estaba allí, mirándose en el espejo que acababas de pulir por enésima vez, y de pronto llegaba un señor urgenciado por cierta necesidad que se metía en uno de los cubículos y cerraba dando un portazo. El sujeto en mención se tira los pedos mas sonoros que hallas oído en tu vida y sólo en ese momento se te ocurre preguntarte:¿para esto fuiste primer puesto en la secundaria, flaquito? El tipo sale y te saluda como si nada estuviera pasando, como si ese olor fuera algo sucediendo en la china y no algo que le salió por el culo. Casi siempre te dirá ¿y flaco, cómo vamos? Sonreirá consigo mismo. Se lavará las manos, para secárselas extraerá todo el papel higiénico que le sea posible, arrojará las sobras en el tacho (si cae adentro o no ese no es su problema, así es q no hagas hígado, flaco, chamba es chamba), y entonces sacará mas papel, lo doblara cuidadosamente y se lo meterá en el bolsillo, todo esto delante tuyo, ¿vas a decir algo acaso?, el hombre va perdiendo un chuchonal de plata en una de esas maquinas rateras, lo menos con que puede ser recompensada su fe temeraria es con un pedazo de papel higiénico, no? Cuando eres nuevo cometes a veces la candidez de intentar responder a su pregunta ¿y flaco, cómo vamos?. Ya cuando te das cuenta de que casi siempre te dejaran con la palabra en la boca, pues así como llegan se van, te limitas a sonreír nada mas, a desearles buena suerte. Si te liga y ese hombre revienta la máquina, es muy probable que cuando le paguen el premio tenga ganas de cagar de nuevo y cuando te vea en el baño se acuerde de ti y tus palabras de aliento y te afloje unos soles. Así que no esta de mas. Tápate la nariz, flaco, bloquea tu olfato, insensibiliza tus fosas nasales, clausura tus oídos y dilo : buena suerte don. Ni siquiera es necesario que lo digas con emoción, que seas sincero. Sólo dilo. Ellos están jugándose en efectivo, lo que tu te estas jugando en un poquito de hipocrecía. Un poquito nada mas.
Un caso que me viene a la memoria es el de un hombre, ya mayor, que un día se metió al baño y que no fue nada discreto cuando se le quedó mirando la pinga al cliente que en ese momento miccionaba a su costado. Daniel estaba encargado del baño ese día. Me acuerdo que uno a uno nos pasó la voz: ese tío te da hasta cinco lucas por que le dejes ver la pinga y 10 si te la dejas coger. El tío en mención estaba jugando poker y cada vez que se levantaba para ir al baño era seguido por uno de nosotros. Yo, lo debo confesar, a la hora de la hora me chupe y no dejé que me tocara nada. No por pudor, creo que me dio roche y punto. Pero el hecho es que el tipo me vio, orinando a su costado, y cuando iba saliendo así de pasadita me frotó una oreja con una mano y con la otra puso 5 soles en mi mano desocupada.
esta historia continuarà...








